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Muy tarde para el karaoke

  • Christian Kent
  • 17 may 2016
  • 5 Min. de lectura

Poetas en Clemente Roga

(Crónica no autorizada de un encuentro poético en Coronel Oviedo)

El pasillo del Yvyturusú estaba repleto de gente. El escritor Cave Ogdon, que viajaba conmigo, dejó de leer a Mishima para quedarse viendo por la ventana el paisaje que se nos escapaba vertiginosamente. «Nunca te dieron ganas de bajarte del micro en cualquier parte, en un lugar sin límites, y caminar sin sentido», pensó en voz alta. De hecho, tenía un cuento que pensaba meter en “El rey del planeta rojo”, que dejé afuera por razones íntimas, que contaba exactamente eso. Sobre un hombre que desciende a la noche profunda y camina a tientas hacia la negrura de los campos.

Viajar a Coronel Oviedo no estaba muy lejos de ese sentimiento. Para mí fue siempre una ciudad de paso, una rotonda que desviamos con el micro, una calle perpendicular que para un lado nos lleva a Villarrica y para el otro... para el otro quién sabe. Lourdes Girondino nos esperaba en la terminal, nos hizo una señal de náufrago con la manos junto a la parada de taxis (los taxis de Oviedo son de color vino), donde decidimos que sería mejor caminar, para “apropiarnos” del territorio según Ogdon, para “transitarlo” preferí yo, temiendo caer en una actitud colonizadora.

Nada muy diferente de lo que ya habíamos visto en otras ciudades, una calle larga, asfaltada, en cuyos márgenes transcurre la vida comercial del pueblo. Es decir, las lomiterías, los talleres de moto, y... y... ¡el karaoke! Dejé la propuesta en el aire, cumplir con nuestros compromisos literarios y volver para encontrarnos, en las páginas del “vademecum” del karaoke, libro de todos los libros, con nuestras fantasías de estrellas de rock o de galán de baladas.

«Imaginate Ogdon, en medio de las desgarradoras baladas de Los Iracundos y Juan Gabriel, encontrarte de pronto, como obra de un azar inexplicable, con una canción de Ronin Margo (la banda de mi polifacético interlocutor)», le dije, para que terminara de caer en la tentación. Lourdes Girondino no necesitaba que le venda la idea, creo que sonaba ya el riff de “Spiders from Mars” en su cabeza mientras llegábamos al semáforo donde teníamos que doblar hacia nuestro destino; Clemente Róga, espacio cultural.

Pero antes, cuando apenas comenzábamos a caminar bajo los frondosos chivatos, que todavía se sacudían las gotas de una lluvia reciente, apareció ante nosotros una iglesia de dos inmensos campanarios. Girondino se tomó en serio mi proposición -algo mordaz y cáustica- de desviar nuestro rumbo para postrarnos ante lassagradas imágenes. «Dale, entremos pues» fue el imperativo que nos obligó a atravesar el pórtico..

Cave se arrodilló frente a la imagen de Nuestra Señora, vientre impoluto de los agujeros negros y del supercúmulo de Virgo, y rezó: «Oh corazón de cristal del planeta, que convulsionas en la carne sensual de la santa mamacita, protege a mis hermanos poetas de caer en la frivolidad y en la cobardía. Amén».

Mientras tanto yo besaba los pies del poeta mayor de Italia, Francisco de Asis, y besaba también la frente del cráneo shakespereano, invocando: «Bienvenida seas, hermana muerte».

«¡Aquí debe ser!», dijimos en coro, cuando apareció el poeta Carlos Bazzano con una caja de libros en sus manos y su sonrisa acostumbrada, amplia, bonachona, donde este planeta podrido descansa de todos sus males. Y detrás un séquito de peligrosos artistas y escritores: Mariano, Sair, Giselle y Johana.

«¡En el camino encontramos un karaoke!», anuncié lleno de entusiasmo. Entusiasmo que se desinfló al no sentirse correspondido. De hecho, Mariano contó que en su valle, los karaokes son los tugurios donde se refugian los cafichos, los traficas y las puñaladas. La ilusión de apoyar un pie en una silla para cantar “Rosa rosa la maravillosa” se convirtió en una pesadilla, me vi de pronto atrapado en la pantalla del karoke, corriendo de la bolita que cambia el color de las letras (en escala monstruosa), en medio del tema más inhumano y cruel de Children of Bodom.

Debo confesar que, cuando entramos al centro cultural, lo primero que pensé fue: «Un puente en un desierto».

Salió a recibirnos Américo, el capitán del barco, y dimos una vuelta por el local. Una casa de estilo colonial, con el tradicional corredor jeré y los pisos de ladrillo quemado, de paredes de adobe blanco donde se exhibían, casi en su totalidad, las obras de Américo; las expresiones en piedra, en birome, de un mundo interior intenso.

Dejamos nuestras austeras posesiones de escritores independientes en una habitación desamoblada, donde

un par de colchones de gramaje liviano prometían una noche de ineludible camaradería (léase jo’aripa).

“¡Camarada, te extiendo la mano,

te doy mi amor,

que es más precioso que el dinero,

me entrego yo a ti,

antes que entregarte el sermón o la ley

¿Te entregarás a mí?

¿Quieres viajar conmigo?

¿Nos adherimos el uno al otro toda nuestra vida?”

... Bueno, superada la compulsión whitmaniática, volvemos a la crónica: Casi ninguna silla libre. Contra todo prejuicio, los vecinos ovetenses ¡habían acudido a la noche de poesía! y, súmese este dato a la sorpresa, ¡en su mayoría estudiantes de secundaria! Jóvenes de 15 a 18 años. Hasta el punto que me entró la duda:¿elijo los poemas menos tie’y? ¿podré decir comunista o culo o sojero o... periodistas?

La lluvia esperaba en el corazón de las nubes, paciente, mientras nos preparábamos para recitar nuestras “ondas”, en palabras de Bazzano, que muestra una elegancia particular a la hora de patear abajo la solemnidad y la fruslería poética. Un mimo, ¡oh, perdónenme pero me aterran los payasos y los mimos!, animaba la espera con sus bobadas.

En resumen, la noche fue maravillosa. Cada uno mostró lo suyo: poemas, canciones, actuación, el pericón.

Yo me lancé con unos poemas inéditos, en verdad, escritura impulsiva de Facebook, que saqué de la zona más caliente y sincera de mi py’a, avivado por el aliento de un público inesperado, totalmente nuevo, que estaba ahí para escuchar poemas, no para hacerse selfis con el mimo, ni para mostrar sus peinados nuevos.

La velada terminó, vendimos un par de libros, intercambiamos un par de palabras con los presentes, y luego

nos quedamos solos, nosotros, nuestros anfitriones y el viento de otoño que agitaba las copas de los árboles y nos invitaba a libar con la caña de los poetas. El plan karaoke iba perdiendo popularidad ante una inminente peña y una mesa maciza (machista según Girondino) prolífica en alcoholes que nos aguardaban en el comedor del espacio.

Entre nosotros estaba uno de esos guitarreros de peña que no solo te tiran el tema entero que vos le pidas del cancionero popular, sino que además los introduce con anécdota, datos biográficos y curiosidadeshistóricas: don Balbino, dueño de una voz rasgada, forjada por el tiempo y la caña, como el viento de los siglos va moldeando los cerros azules de la lejanía (tengo mi licencia para excesos líricos y abscesos de “lesluthierismo” en la billetera). Cuando tocó “Nde resa kuarahy’ame”, del poeta Teodoro Mongelós, se ganó un amigo por siempre, me hizo acordar de mi abuelo, de los días en Concepción, que más que una ciudad siempre fue para mí el parque de mi infancia y el origen de mis fábulas.

Se armó la payada, tocaba uno, tocaba el otro, entremedio los poemas y las risas y los alcoholes y la borrachera y la filosofía y la camaradería, sobre todo la camaradería, que sobrevivió a los ronquidos de la noche, a la resaca del día siguiente, a los pormenores mecánicos del bazzanomóvil y nos unió para siempre: unidos en la poesía, unidos en el viaje.

Esa noche escuché que cantaban los primeros gallos y vi que el cielo se tornaba una oscuridad plateada, avanzando hacia el azul. Miré mi reloj, las cuatro de la mañana; «ya es muy tarde para el karaoke», pensé, y no lo extrañé, ni un poquito.

Eso sí, la próxima vez no nos salvamos. Cómo dice el poeta Juan Gabriel:

“Dime cuando tú.

Dime cuando tu

Dime cuando tu vas a volver, ¡aja!”


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