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Camila Recalde

  • El Guajhu
  • 1 jun 2016
  • 2 Min. de lectura

​Camila Recalde. Asunción, 1992. Licenciada en Letras (UNA).

Escritora, editora y docente y dibujante.

Participó de publicaciones colectivas.

Una Uña

Acababa de tomar lo que quedaba de algún jugo de alguna fruta cuando la uña del dedo meñique comenzó a picarle. Sorprendido por la situación paradójica de rascar una uña con otra uña, casi esbozó una media sonrisa, pero la incomodidad innegociable de toda comezón lo detuvo de plano y actuó el reflejo, se rascó la uña del dedo meñique izquierdo con la uña del dedo índice derecho alternando oficio en dos ocasiones con la uña del dedo del medio derecho. Inmediatamente notó que este ejercicio mecánico no le producía ningún alivio, cosa que hubiera descubierto aun sin necesidad de llevarlo a cabo, pero el reflejo ancestral pulido a lo largo de incontables generaciones se encendió con todo el furor del instinto.

Se detuvo, confuso ¿cómo se podría aliviar la comezón de algo tan duro como una uña? entonces comenzó a presionarla contra la piel, primero levemente y luego con más intensidad solo para retornar, una vez cesada la presión, a la misma picazón, pero acrecentada por la ansiedad.

El saludo rutinario y puntual entre sus vecinos lo distrajo por un momento “Hola compadre” gritaba un hombre mayor todas las siestas en ese tono particular que adquieren las frases monótonas. Satisfecho con la idea de que el mundo seguía marchando igual que siempre se levantó con dificultad de una mecedora envuelta en un cable de plástico color verde, buscó, entre pastillas, el alicate. Cortó los trozos de uña cuyo largor sobresalía de la piel y habían tomado ya, un tono blanquecino, se cortó las uñas de la misma manera en que lo había hecho miles de veces a lo largo de su vida, se rascó el brazo y un escalofrío le recorrió los cansados músculos al sentir el roce de la piel de sus dedos recientemente expuesta con la piel antigua del brazo acostumbrada a la intemperie, como si estas dos pieles fueran pieles de seres inconexos.

La picazón persistía.

Quizás no era la uña la que le picaba, de hecho, ahora que lo pensaba bien, era la piel que yacía debajo de la uña la que pedía a gritos tormentosos que la rasquen, pedía que algo con suficiente dureza como para rasparla pase sobre su superficie removiéndola y lastimándola de forma tan suave que resulte finalmente placentero. Podríamos continuar con esto y caer en descripciones ásperas, pero ahora, y solo por esta vez me parece suficiente decir que el personaje de esta historia se arrancó todas las uñas, perdió un dedo y ganó una obsesión.

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